15 agosto 2006

DE LA AUSTERIDAD REPUBLICANA A LA OBSCENIDAD DEMOCRÁTICA

Los cuerpos legislativos deben ser los defensores de la moral de la libertad. Para ello es imprescindible que esos cuerpos sean honorables. Cuando se abandona la norma moral de honorabilidad de los cuerpos legislativos la historia se encarga de mostrarnos las consecuencias.

Las Cámaras deberían ser honorables porque su función debería ser ejercida ad-honorem es decir sin remuneración alguna – la dieta sólo debería cubrir los mínimos gastos de su función (traslado y habitación) –.

Con la honorabilidad – como con toda norma moral – es difícil advertir la relación que existe entre la violación de la norma y sus efectos, ya que éstos se manifiestan después de un tiempo tan extenso que el hombre no llega a percibirlos y relacionarlos.

La honorabilidad ha sido heredada en el largo proceso evolutivo de las instituciones y fue el respeto a estas normas morales – junto al derecho de propiedad y el de libertad individual – el que hizo posible la evolución de las sociedades hacia lo que hoy conocemos como sociedad civilizada o abierta. Las sociedades que las respetaron estrictamente fueron las que sorprendieron al mundo por su progreso (Argentina 1853- 1949).

En la degradación de la honorabilidad aparecen los siguientes hitos: aumentos en las dietas, gastos de representación, subsidios, pensiones graciables, créditos especiales para casas y autos, secretarios y asesores, subsidios de desempleo, sobre sueldos, viáticos, vales de nafta, teléfonos celulares, pasajes, etc. Como si todo esto fuera poco, estos cuerpos acceden también a jubilaciones de privilegio que les permiten perpetuar el robo más allá del propio mandato.

La política, que debería ser un sacerdocio se fue transformando en un negocio – o más bien en un gran robo legal – y con esto, comienza el largo camino de degradación del cual la Argentina nuevamente es un interesante ejemplo.

Bases de la honorabilidad:

1) Los legisladores deben tener capacidad de auto-sustentarse. Quien no puede mantenerse simplemente no tiene capacidad para ser legislador, ya que desconoce la naturaleza de la sociedad civilizada y por lo tanto no tendrá las herramientas necesarias para descubrir las leyes que la mueven. Los legisladores deben descubrir "¿Cuales son las fuerzas que mantienen unido al mundo?" Goethe. La ley no se inventa ni se diseña como pretenden los legisladores modernos, las leyes se descubren. Si frente a cualquier problema se propone una nueva ley, además de adulterarse el concepto del derecho, se crea una gran inseguridad jurídica ya que con la misma velocidad se la puede anular o modificar.

2) Los legisladores no deberían cobrar porque no deberían trabajar. No hay peor cosa para la Seguridad Jurídica y el Estado de Derecho que la constante creación, modificación y anulación de las leyes. La actividad legislativa conspira contra el orden y la tranquilidad que necesita una sociedad para dar sus frutos. Una sociedad civilizada debería tener entre 400 y 600 leyes de carácter abstracto. La Argentina de hoy tiene más de 25.000 leyes de carácter específico, en su amplia mayoría contradictorias entre sí y contrarias a los valores morales diseñados por la Constitución de 1853.

3) Los legisladores no deberían cobrar para abrir así el paso a lo más valioso –intelectualmente hablando – de la sociedad. Si esto no sucede, la política se transforma en el negocio de un rejunte de patanes inescrupulosos, que no contentos con el caos jurisprudencial que generan y con lo que roban legalmente, están siempre sentados al borde de las bancas para ver en que nuevo negociado pueden meter la uña.
“La incapacidad de muchos de los que a si mismos se califican de intelectuales, queda evidenciada en su limitación para apreciar las condiciones personales e intelectuales que se necesitan para dirigir con éxito cualquier empresa mercantil” L. V Mises

4) Los legisladores deben ser honorables porque esta es la única forma de resistir a la natural fuerza de los distintos grupos de presión, que permanentemente empujan para negociar privilegios y favores, cercenando con cada privilegio la libertad del resto de la sociedad. Cuando la honorabilidad claudica no hay fuerza moral que impida y se oponga a estas presiones.

5) Los legisladores deben ser honorables porque esta es la única forma de mantener a los legisladores independientes de los intereses de los partidos políticos, de lo contrario, los partidos se transforman en corporaciones oligopólicas o nuevas oligarquías, cuyo único fin es que el negocio no se pierda y conservar el poder a cualquier costo.

6) Los legisladores deben ser honorables para poder mantener la independencia de los demás poderes, que una y otra vez intentarán terminar con la insoportable norma moral de la honorabilidad, para poder jugar todos en el mismo equipo: “el de los corruptos” y así terminar con la cara independencia de poderes.

7) Los legisladores no deben cobrar porque deben seguir siempre insertos en la sociedad, palpitando paso a paso las modificaciones que en ella se producen. Al transformar la política en un negocio, el legislador se aleja de la sociedad, se aísla y no entiende lo que sucede en la misma. Así es como se generan leyes que no respetan el orden natural de las cosas y desaparece entonces el carácter moral de la ley. Y cuando la ley es inmoral obliga al ciudadano a no respetarla y lo conduce a la ilegalidad.
Los ciudadanos no respetan las leyes porque las leyes son inmorales, ya que no respetan la naturaleza del extenso orden de cooperación humana plasmado en la Constitución.

8) Finalmente y quizá lo más importante, es que la honorabilidad es el único generador de estímulos a la baja del gasto público y por lo tanto al mantenimiento de la libertad individual. Según las mejores tradiciones republicanas, todo gasto público que no se destine a las funciones especificas del gobernante para resguardar y proteger los derechos de todos constituye un robo.

M. Gandi decía: “Quien vive sin trabajar es un ladrón”. Podríamos concluir diciendo que cuando se pierde la norma moral de la honorabilidad, el sistema se transforma en “robar y dejar robar”, una suma de complicidades que degrada el sistema republicano.

El Estado actual es una ficción en la cual se trata de vivir a expensas del fruto del trabajo ajeno (robo). Y cuando el robo se legaliza comienza un complejo proceso de degradación y desintegración. Esta funesta inclinación nace de la constitución misma del hombre, de ese sentimiento primitivo, universal, invencible, que lo empuja hacia el bienestar y lo hace huir de la incomodidad, el esfuerzo y el dolor. Cuando se renuncia a la honorabilidad, con el tiempo nace lo que ahora entendemos como una sociedad compuesta por “una manga de ladrones del primero al último” Batlle 2002.

Llegados a este punto, quienes mejor se mueven en este escenario son los más delincuentes y ladrones, por esto la mejor caricatura del legislador de hoy es el mediático Senador Barrionuevo que atrae por su falta de vergüenza y frescura.

Junto con el debilitamiento de la honorabilidad se debilitan otras dos normas morales: el derecho de propiedad y el de libertad individual, que son los basamentos de una sociedad libre y próspera. Se abre paso así al estancamiento primero y a al barbarie después.

La gran superstición política del pasado era el derecho divino de los reyes; la gran superstición política de hoy es el derecho divino de los legisladores” escribió Herbert Spencer

La audaz creencia de que todo lo que la autoridad considere ético debe ser legislado, y que toda ley por arbitraria que sea, debe ser obedecida por los ciudadanos, ha dado lugar a lo que se conoce como teoría del positivismo jurídico, verdadera negación de los derechos individuales y fundamento ideológico de los modernos sistemas políticos generadores de corrupción y pobreza.

La ciudadanía reconoce que en las legislaturas reside el núcleo central de la inmoralidad política, que deviene en corrupción y pobreza para los ciudadanos honestos y laboriosos.

La violencia vivida en el país es consecuencia directa de la reforma constitucional. Para terminar con esta decadencia, para volver a la paz, orden y progreso que caracterizó a la Argentina ejemplar de nuestros abuelos, deberemos reponer los marcos morales de la Constitución de 1853.

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